La Coctelera

Categoría: Vergüenza debería darme

Una revelación al día

Una al día, de media. Ayer precisamente, en la clásica charla alrededor de un yogurt de limón y un descafeinado de sobre, recordé tres frases célebres que salieron de mi boquita cuando era una cría. Las típicas cosas que tu madre y hermanos recuerdan en reuniones familiares y de las que todos se ríen. Las recordé yo esta vez, y me reí haciéndolo. Me reí hasta que me di cuenta de que de pequeña tenía una capacidad de síntesis mucho mayor de la que tengo ahora. Con estas frases hablaba de la necesidad de ser aceptado, de la adicción al drama, de la falta de autoestima y la percepción errónea de la realidad. De todo eso hablaba yo de pequeña, cuando me preguntaban cualquier cosa. No con esas palabras claro. Pero ahí estaba la sabiduría. Ahora, veintitantos años después, me paso el día (y no estoy usando eso como expresión o forma de hablar, de verdad me paso el día) analizando, diseccionando, viajando de una neurona a otra, trazando líneas temporales, sopesando, frustrándome, percibiendo y apuntando... para al final tener mi revelación diaria gracias a una niña de cinco años.

Mamáaaaaaaaa

Sabes que tu cabeza anda mal, o que no anda siquiera, cuando es tu madre la que te llama el día de su cumpleaños. Y mira que hoy, cuando he ido a abrir un sobre de salmón ahumado y le he preguntado a Rosa qué día era hoy (por si ya había caducado el maldito, que llevaba semanas en mi nevera), me he preguntado a mí misma... ¿qué pasaba el 17 de febrero? Pues bien, el 17 de febrero es hoy, y es el cumpleaños de mi madre. Como soy la peor hija del mundo, ella me ha prometido olvidarse de mi cumpleaños cuando toque. Qué maja. Mi madre es, sin duda, la persona a la que más quiero del mundo. Hala, ahí queda eso. Pero creo que sobra decirlo, y además creo que ella también lo sabe. Ella, por su cumpleaños, ha ido a comer a Barbate. Y yo, como regalo en su día (algo más le caerá, eso sí), cuelgo un retrato a lápiz, que le hice hace tiempo. Aunque no le haga justicia.

Madre

Te quiero mucho, madre. Pero mucho, mucho.
Gracias por enseñarme a ser.
:)

Circunstancias

Que necesito dormir no es ningún secreto. Que sonrío quizá bajo los efectos de la última copa o quizá solamente porque tengo motivos, es algo que salta a la vista. Escribir a estas horas y en estas circunstancias no me beneficia. Pero vengo aquí a decirlo. Misión cumplida.

Escrito no sé a qué hora de qué madrugada, al volver a casa.
A saber.

Por fin me he quitado las lentillas

La hora que es. Si vengo aquí es porque tengo para rato. Revuelto de jamón tardío, al llegar, casi ni me acuerdo. El concurso de tequilas. Demasiada sal, aquí y entonces. Música, siempre y gracias. Tengo un disco en una bolsa. Y que más que fan soy musa, dicen. Y yo no siento el frío cuando oigo carcajadas. Y que tengo material, sí, para próximas ocasiones. Y un mechero que enciende una de cada cien. Y se apaga. Ayer en la sesión electrónica llegó a sonar Led Zeppelin. Y hoy tengo que ir a trabajar, qué cosas, que me miro en el espejo y no lo parece. Todo lo que suponía dolor acabó convirtiéndose en modorra y ganas de dormir, como ahora. No debí tomarme el tercer chupito.

Dicho y hecho

Llego a trabajar a la tienda. Lucía lleva un vestido precioso.

—Tengo un día de ésos, como los que me decías tú el otro día, en los que crees que tiene que pasar algo emocionante, y que luego te vas a casa y no ha pasado nada.
—Te entiendo, algo como de volverte loca.
—Eso.

Me miro al espejo. Estoy harta de este flequillo, como un felpudo en forma de diadema, enmarcando la cara de tubérculo, de esta melena que siempre va recogida. El pelo pesa. Un coñazo. Y al final no le saco partido ni nada. Me acuerdo de cierta persona que me anima siempre a hacer locuras con el pelo.

—Tía, creo que me lo voy a cortar.
—¿Ahora?
—Pues no lo había pensado, pero sí, ahora.

Y entonces lo hago. Dejo caer larguísimos mechones sobre una caja de cartón.

Funciona. Voy despacio, pasito a pasito, no sea que cometa un error que luego no pueda disimular ni con un gorro puesto todo el santo día.

Luego dejo que Lucía remate la faena.

Dice que sabe lo que quiere pero que no sabe cómo se hace. Da unos pasos hacia atrás, me mira de lejos con las tijeras rojas en una mano. De repente y sin avisar avanza corriendo y empieza a cortar con furia, enajenada. Casi me da miedo. Le digo que confío en su criterio de parar antes de que sea una cagada irreversible. A las dos nos divierte y nos gusta el resultado. Me dice que hay que peinárselo loco, hacemos experimentos, retoca sin parar sobre el corte, barremos cada dos por tres porque esto es un cachondeo, aspiramos toda la tienda y decidimos que sí, que esto ha estado de puta madre.

En la parada de autobús, como colofón, decido exactamente qué canción debe llenar este momento. Elijo Do you realize? de mis amigos los Flaming Lips. Ellos sí que sabe darle euforia a una tontería.

Y el resultado final... ¡Voilá!

New look

:D

Emergencia

Llego. Dolor indescriptible-ble. Después de haber estado varios minutos intentando relajarme, con mi compañero de la tienda repitiéndome como si fuera un mantra "eres un culo de botella, eres un culo de botella" y zarandeándome desde los hombros, decido que no es que lo necesite, sino que es vital que vaya a un fisioterapeuta. Que me va a dar algo, y sólo es miércoles. Me recomiendan uno cerca de casa. Llamo. Oh, vaya, sábados y domingos cerrado. Oh, vaya, yo curro excepto sábados por la mañana y domingos. Me apunta en el recuadrito del viernes, de dos a tres de la tarde, en mi descanso de comer, en el único momento que puedo. "¿Es tu primera vez?" Sí, tengan cuidado conmigo, trátenme con amor, por favor. Pido permiso a parte integrante de Loser Films para salir antes de la oficina ese día. Permiso concedido con un poco entusiasta "sssupongo", pero me vale. Me he tirado cinco minutos tumbada en el suelo del baño de la tienda, suspirando (que dicen que quita todos los males, eso de suspirar mucho). Tengo fotos que lo demuestran. Estoy enferma (por lo de hacer fotos tumbada en el suelo, entre otras cosas). Hasta el viernes que llegará mi masaje (que va a doler, joder si va a doler), me dispongo a seguir aguantando el tirón. Doble de tila y una de menta poleo, todo junto, dos valerianas, un iboprufeno. Arcilla verde para el señor grano (podría cobrar entrada por verlo, es fascinante, pero me da pereza). Restos de pasta, ahora con atún y huevo. Quiero volver a ser la de antes.

Mis santos cojones

Pues va a ser que se acabó. Se acabó lamentarme, se acabó dejar vagar la cabeza por malos pensamientos, se acabó arrastrar los pies (bueno, un poco, al final del día, me lo permito). Se acabó. Estoy harta de ser un alma en pena, de estar todo el puto día pendiente de la tensión en el cuello, los nervios en el estómago, el presagio de lo peor, la falta de aire, el vértigo, la debilidad. Ya está. Lo que tenga que ser será. Para eso estamos. Si no sé qué hacer y realmente no puedo hacer nada, ¿para qué cojones me hago tan pequeña? ¿qué sentido tiene? ¿lo sabes? ¿no? Pues te lo digo yo: ninguno.

Voy a convertirme, ahora, en cinco minutos que tengo libres, en una super-yo, una que no llora cada diez minutos, una que no está pensando siempre cuándo le toca tomarse la próxima valeriana, una que compra una caja de tila pero tranquilamente, sin amarguras. Estoy hecha un puto flan blandengue, así que le pongo remedio. Punto. Voy a disfrutar de lo que tengo, que no es poco. Estoy escribiendo una novela y me gusta cómo va. Va bien, coño, va de puta madre. Voy a escribir, escribir y escribir, centrarme en eso, concentrarme en eso, reconcentrarme en eso. Pero sin obsesiones.

Quiero una vida calmada por dentro. Quiero dejar de ser una histérica tocapelotas. Quiero dejar de estar tan increíblemente agotada (tener menos de tres trabajos sería de gran ayuda). Quiero aprender a tumbarme boca arriba y dejar la mente en blanco. Quiero que me deje de doler la puñetera espalda. Quiero volver a estar tan pletórica como hace una semana (o así). Quiero dejar de ser una niñata pusilánime, cobardica y vulnerable (me repito, todo el día la misma canción, lo sé, lo sé). Y voy a conseguirlo, por mis santos cojones.

Ya está bien, María, leñe.

¡Coño ya!

Colchones y muletas

Hay muchas cosas en tu vida, no puedes permitir que una sola se convierta en un desagüe, y que se trague todo lo demás. Tú vales muchísimo, eso se ve de lejos. Ahora tienes que pensar qué es lo que va mal, esto va aparte. Tienes que pensar en ti. Deja de plegarte a las necesidades de los demás. No entiendo por qué sus deseos se convierten en órdenes para ti. ¿Qué es lo que necesitas tú? Un día te voy a grabar lo que dices y te lo voy a poner en un día que estés serena y bien, ya verás cómo te ríes. Monta un pollo, haz una llamada a las tres de la mañana, grita, lo que te salga antes. Permítete llorar hoy, pero sólo hoy, mañana di lo que piensas, desahógate. Tienes que aprender algún día a vivir sin ese colchón. Y haz lo que necesites. Hazlo, María, es una orden.

Lucía habla de colchones. La protagonista de lo que escribo habla de muletas. Es maravilloso poder contar con la gente. Jamás rechazaría la ayuda de los que me quieren, sus palabras, la calidez del agua de una piscina bien llena en la que hacerme la muerta. Me gusta que mis amigos estén pendientes de mí, claro, a quién no, y estar yo pendiente de ellos. Me hace feliz verles felices. Pero no funciona tan bien cuando yo estoy distorsionada, desordenada, desubicada. Sé que todo lo que se leía últimamente por aquí mostraba felicidad absoluta. Tengo motivos. Ponerme a escribir, en serio, me hace tremendamente feliz. Claro que sí. Y otras cosas también. Unas más que otras. Pero flaqueo, a veces, o me flaquean los motivos esenciales, y me tiemblan las piernas, y me apoyo en lo que puedo, y me da por llorar, como una niñata tonta. No quiero ser así.

Quiero crecer. Necesito crecer y comportarme como una persona madura y coherente. Quiero dejar de ser una cría. No funciona. Quiero dejar de tener la necesidad de otros, quiero poder enfrentarme a las cosas con calma, con la cabeza fría. Quiero quitar el colchón que tengo bajo los pies, y empezar a caminar descalza, sobre las piedras, la arena, sobre lo que tenga debajo. Quiero ser valiente, osada, capaz. Quiero endurecerme. No quiero decir con esto que no agradezca el apoyo, los consejos, el cariño de los que me quieren. Tengo una suerte increíble, yo, porque la gente que me rodea me quiere, y mucho. Jamás diré que no a un amigo que quiere echarme una mano. Es de tontos. Pero me gustaría no tener la necesidad de que me lleven de la mano a todas partes, me gustaría levantarme por la mañana serena y decir vale, tengo que pensar con calma qué es lo que falla, mirarlo con perspectiva, ya se solucionará, no es para tanto, mirarme al espejo y no verme los ojos tan hinchados, tan vacíos, tan tristes. Dormir del tirón sin soñar nada. A veces flaqueo. Me tiemblan los cimientos, qué coño, es un puto terremoto bajo mis pies, que no controlo, que no sé cómo evitar, que igual es inevitable, lo más seguro, y aquí estoy, debajo de una mesa agarrada a las cuatro patas (con cuatro de mis ocho tentáculos), escondida, porque es lo que dicen en las películas que se debe hacer cuando hay temblores.

Tengo firmes propósitos de cambiar. Llevo mucho tiempo queriendo cambiar cosas que lo único que hacen es incordiarme a mí y frustrar a los que intentan acercarse a ayudar. La necesidad de llevar muletas, el dramatismo, la extrapolación de una cosa al resto de mi vida. Quiero trabajar en ello. Me cuesta, no sabes cuánto. No tienes ni idea. Quiero cambiarlo, no me hace bien. De verdad que quiero. Pero querer no siempre es poder. Al menos no inmediatamente.

Quiero gritar pero estoy callada. Me quedo muda. Leo un poema sobre aprender a perder y me lloran hasta las manos. Me dice Lucía, pero habla con no sé quién, a mí me tienes, no estás sola... y gracias a dios que la tengo a ella. Y a todos los demás.

Sólo soy una cría. Una puta cría dócil, doméstica, obediente.

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