La Coctelera

¡Segundo número ya disponible!

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Betadinartist o cómo hacer pinturas rupestres contemporáneas (por contradictorio que eso parezca)

Pues sí, me he cortado pero bien, esta vez, con el cuchillo del jamón. Intentaba despegar una viruta larga que salía de un hueco inalcanzable y el cuchillo ha salido disparado (menos mal que no tenía la cara cerca, como cuando miro muy dentro del hueso a ver qué pasa) y me ha cortado en perpendicular la punta del índice izquierdo, y su correspondiente uña. Ha sangrado mucho así que lo he mantenido bajo el agua helada un rato y luego he hecho torniquete con una tirita gigante de las que te cortas tú mismo. Y luego por el huequito de arriba he hecho piscinita de betadine. La tirita se ha empapado, sí, pero la herida al menos ha dejado de sangrar. He apoyado entonces el dedo sin darme cuenta sobre el cuaderno, y he dejado una mancha cobriza de yodo. Entonces he dicho, venga va, esto hay que hacerlo. Y he hecho unas pinturas rupestres en el cuaderno hasta que ya no quedaba más tinta en mi pincel humano titiritero. Algo así:

(*) y creo que cuando me vaya de este lugar esconderé debajo de una tabla del suelo, o de una piedra de la calle, estos dibujos, para que pasados muchos, muchos años, alguien los encuentre y así pueda entender mejor la civilización de nuestros días.

Muchas más de 65

Por la mañana me ducho tan tarde que ya es la hora de comer. Marta llega antes de lo esperado. Con la toalla puesta a modo de turbante pienso en cómo algo tirante condiciona los gestos. En mi caso concreto, se me levanta una ceja. Hago un boceto tonto en mi cabeza, suena el telefonillo y no me seco el pelo. Quien sea que inventó las gorras, gracias. Luego de hablar atropelladamente, de discutir si un camisón se puede sacar a la calle, de oír esas dos palabras juntas que tanto me gustan por alguna extraña razón (estas palabras son "medias tupidas", nada de sentimentalismos), ella va al autobús y yo al metro.

Un poco más tarde y recordando levemente una casa en la que viví hace unos años, llego a una plaza donde todos los presentes acabarán tarde o temprano por darse hostias con almohadas. Para eso hemos venido aquí. Mi amigo Nick Furia (sí, el mismísimo) llega tarde pero a tiempo de que le arree en toda la cara poniéndo en peligro sus gafas. No duramos ahí ni cinco minutos y nos vamos a robar guías de viaje olvidadas en una cafetería. Aunque eso no debe llamarse robar. Allí hablamos de lo de siempre, pero siempre mejor. Yo le digo que tiene las piernas larguísimas y él me repite por enésima vez que le encanta su camiseta del Hombre de Arena.

Luego voy a la compra, recordándome a mí misma por última vez que el Carrefour Exprés de Lavapiés tiene de exprés lo que yo de deportista. Yogures, ensaladas, carne muy roja, cosas para el pelo, quesos frescos, fiambre de todo tipo. Hablo por teléfono en la cola de la caja, que ya empieza a ser un clásico. Llegar a casa es cuesta abajo pero los músculos tiran y eso que se supone que las almohadas no pesan.

Veo una película con pésima calidad de imagen, una que llevaba tiempo esperándome y me parece bien. Además, conozco a la protagonista. Y el chico tiene la sonrisa floja. Es tarde para cenar pero me toca, sobre todo porque la merienda tocó a las ocho y media. Me doy cuenta de que tengo algunos radiadores funcionando para los peluches. Declino telepáticamente una propuesta social.

Pongo una sopa que no sé si me llegaré a tomar. Me repaso con la lengua los dedos despúes de pellizcar las pastillas de caldo de carne. Siempre me ha fascinado el sabor concentrado de las sopas de sobre y los avecrems. Pellizcas y suena como arenilla simpática, explotando. Todo espolvoreado torpemente, dentro y fuera de la olla. Me permito el placer de recogerlo con los dedos mojados. Me como una lata de berberechos con nombre propio, unas cuantas tajadas de lacón a la plancha y le doy un par de bocados y unos cuantos pellizcos (también aquí) al jamón. Es el primer jamón de la historia que se corta entero sin darle la vuelta. Yo no corto jamón, yo lo deshojo. Hago fallas, valles y pendientes, escalones y terraplenes, dejando a la vista lianas para la vuelta y pieles del revés. Corto con ansia y tengo las manos llenas de pequeñas rajitas que me escuecen al fregar.

Ahora debería ponerme a hacer estas cosas que tengo aquí apuntadas. Todas importantes y ordenadas. Creo que voy a dibujar a alguien con una toalla en la cabeza y cara de pocos amigos. Ya fregaré mañana.

Día 0

Empieza una nueva etapa. Por fin, esta vez va en serio. Empieza la etapa de sacarlo TODO, con una mujer de ojos pequeños y pequeñas gafas, sentada delante. Hay mucho que sacar, primero, como quien hace un agujero en la tierra. Hacer montones. Comprender la arena. Quitar las malas hierbas y cortar de raíz algunos troncos demasiado grandes, demasiado muertos. Luego podré plantar, lo que quiera. Con la tierra abundante y bien oxigenada. Una palmera, una sola margarita, un arbusto frondoso, un ciprés. Por otro lado sigo perdiendo kilos y centímetros, de todas partes menos de donde lo necesito. Hoy más que nunca, he empezado a trabajar. Recopilar semillas posibles, hacer purga, tapar agujeros que no sé ni cuándo hice, hasta que todo quede verde y armonioso, como un jardín estilo Luis XVI, pero con un mapita bien majo, para no perderme otra vez.

El pájaro cubierto de ceniza

Se me había dormido un brazo y lo levanté en perpendicular. Siempre que elijo esas sábanas se me duerme un brazo. Estando con el brazo levantado y moviéndolo como si bailara sevillanas para despertarlo, bajó volando una especie de canario negro. Se movía torpemente porque le dolían las alas, me contó luego. A veces caía porque dejaba de agitarlas. Parecía estar hecho de papel maché. Se posó en mis dedos tomándome por una rama de árbol. Me contó que antes era del color del chicle, que pertenecía a una princesa y que se le había olvidado volar. No sabía cómo había llegado a esa situación. Pasé la yema de mi dedo índice por encima de su cabeza y el negro se fue como papel quemado. Grandes lascas frágiles y grises, dispersándose en el aire. Quedó al descubierto un color fucsia vibrante. El pájaro me guiñó un ojo. Estaba lleno de sabiduría. Le prometí que le ayudaría a recordar y que poco a poco le iría limpiando, para que pudiera volver con su dueña la princesa, por sí solo.

Otras noticias del Carnaval Vejeriego

Este año la Comparsa del Rucho y Juanma se llama Los Pleitos de Juan Relinque. No la he visto todavía, pero tendré ocasión el Domingo, que se ha organizado un Mercadillo, en la Plaza del Mercado, para sufragar gastos de la mencionada Comparsa, en el que participo con un puesto en el que vendo 5 televisiones del Alcántara a 5 Euros, una mesita, unas ruedas, un movil Alcatel del año 97 y unos bolsos y otros trapitos que ha buscado tu madre en el armario de Sevilla. Lo malo es que lo que no se venda hay que volver a recogerlo. El mercadillo estará amenizado por actuaciones de diversas agrupaciones carnavaleras. Espero que no se me salten mucho las lágrimas.

Me he comprado una Cámara igual a la robada y me he hecho socio de Fnac. Ya me han dicho que me enviaran un cheque, tras denegarme la indemnización por dos veces diciendo que era hurto y no robo. Por supuesto ha quedado demostrado que hubo forzamiento de la puerta del patio y escalo a la ventana del lavadero, gracias a mi insistencia y a la colaboración del Sargento de la Guardia Civil de Vejer. Menos mal.

Esto es parte de un e-mail de mi adorado padre. En él demuestra que una frase puede ser todo lo larga que uno quiera, si se ponen muchas comas. Y también su pasión por los carnavales y las chirigotas (en el mail me anotaba dónde podía seguirlas este año y cuáles eran sus favoritas) que siempre he compartido. Luego he hablado con mi madre y me ha dicho que esos "bolsos y otros trapitos" son unos bolsos de marca y un vestido elegantísimo que nunca nos pusimos ninguna de las tres. Le he hecho prometer que no ha sacado nada del armario donde aún hay cosas mías, lo que viene siendo costumbre con motivo de obras benéficas, regalos a primas o sobrinas, y limpieza general, desde que tengo uso de razón.

Lo que más me gusta, sin embargo, es el segundo párrafo, gracias al cual puedo imaginar perfectamente la insistencia y, con perdón, el porculo, de mi padre para convencer a todo el que se haya puesto en su contra, de que él tiene la razón (que indudablemente la tiene).

Y me pregunto si el móvil Alcatel del 97 (buena cosecha) seguirá funcionando.

Papá, me has alegrado lo que me quedaba de día.

:)

Una vez fue a clase de Yoga y esto fue lo que pasó

Joven yogui, observa este silencio, observa como los sonidos te rodean, pero tú en silencio, observa el campo, las florecillas silvestres, su aroma, observa su aroma, el aroma de cualquier flor, ese aroma que te pone en contacto con un estado de paz, de calma, de silencio. Vamos a centrarnos en una palabra, esa palabra es gratitud (a lo que yo entiendo latitud). La gratitud es cuando estás triste o deprimido, y haces un ejercicio de recordar lo bien que has estado, las cosas buenas que has vivido, y entonces la gratitud surge en tu corazón de manera natural. La alegría está dentro de ti. Tu cuerpo es un regalo. Siente el silencio, y en este momento que es tuyo, observa como entre pensamiento y pensamiento, hay un hueco, como cuando el cielo está nublado y se abre un claro. Entre pensamiento y pensamiento hay luz. Gratitud, como la historia del Santo Faquir (que estaba delgado como un palo). Gratitud, como ya lo dijo Santo Tomás de... (¿Greenpeace? ¿Crispis? ¿Qué ha dicho?) Tu cuerpo es un regalo de dios y dios mora en él (¿sí? pues tengo miedo). Tómate tu tiempo, a tu ritmo. Descoyúntate y estira hasta que te duela todo, en paz, relajada, dolorosamente relajada, y no olvides inhalar y exhalar como una posesa, pequeña osita yogui.

No volví a dar una clase de yoga y perdí 20 euros de la matrícula.

El vídeo del post anterior

Aimee Mann drawing from María Ysasi on Vimeo

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Y ahora me voy a merendar.

Que viva el kiwi.

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